Sergio Reyes II.
Antes de que la industrialización arropase por entero las ‘góndolas’ de los supermercados y las tramerías de almacenes, colmados y pulperías en donde se oferta al público los comestibles y demás productos del consumo tradicional en el hogar, en los más apartados rincones de la Patria ya la gente disfrutaba los placeres y delicias de un producto artesanal, elaborado con el ingenio de nuestros humildes campesinos y que gozó siempre del aprecio de los integrantes de todos los estratos sociales, en los pueblos y ciudades.
Eran tiempos en que el afecto y la consideración hacia los demás se expresaba y materializaba, de manera directa, con el envío de unos cuantos huevos de gallina envueltos en papel de ‘funda’ y depositados en una latita de avena, rigurosamente tapada, además de otro envase de igual o parecido tamaño y naturaleza, atiborrado de aromático polvo de café, tostado y molido en casa; a todo ello se agregaba una buena provisión de frutas de la estación y víveres cosechados en el conuco, en un volumen acorde a la capacidad de transporte o carga del emisario o del receptor.
Y para completar el presente, era casi una irreverencia no incluir en el obsequio algo de dulce -en almíbar o en pasta-, elaborado por hacendosas y diestras manos, semillas de cajuil tostadas y aderezadas con sal y, claro está, una buena ración de Mambá.